Isla Kuraigana
Isla Kuraigana (クライガナ島, Kuraigana-jima) es una isla envuelta en niebla permanente, salpicada de ruinas de una civilización antigua, y residencia habitual de Dracule «Ojos de Halcón» Mihawk, el mejor espadachín del mundo y, en su día, uno de los Shichibukai al servicio del Gobierno Mundial.
Geografía
La isla se encuentra en aguas próximas a la zona de deriva de Thriller Bark, cubierta casi siempre por una densa niebla que oculta unas ruinas de aspecto clásico, con columnas derruidas y estatuas cubiertas de musgo, vestigio de una civilización desaparecida de la que apenas se conserva información. Mihawk habita en un castillo entre esas ruinas, apartado del tránsito habitual de barcos y de la vigilancia de la Marine.
Historia
Tras la caída de Thriller Bark, Perona llegó a la deriva hasta Kuraigana y terminó instalándose junto a Mihawk, a su pesar, conviviendo con él pese a sus constantes desencuentros de carácter. Poco después de la guerra de Marineford, Roronoa Zoro se trasladó a la isla para entrenar durante los dos años del salto temporal bajo la tutela de Mihawk, tras haber reconocido su derrota frente a él años atrás en Loguetown. En Kuraigana perfeccionó su estilo de espada enfrentándose a diario a su maestro, y regresó de la experiencia notablemente más fuerte, con una cicatriz que le cerró el ojo izquierdo.
Habitantes y puntos de interés
Sus habitantes más destacados son Dracule Mihawk, único residente permanente, y Perona, huésped desde la derrota de Gecko Moria que aprovecha los poderes de su Horo Horo no Mi para explorar la isla sin correr peligro. El castillo en ruinas donde Mihawk guarda su colección de espadas es el principal punto de interés de la isla, junto con los restos de la civilización desaparecida que se extienden más allá de sus muros y que nadie ha llegado a documentar en profundidad.
Curiosidades
La niebla constante y el aislamiento de Kuraigana encajan con el carácter solitario de Mihawk, que prescinde deliberadamente de una tripulación pese a su enorme poder. Su nombre, de sonoridad sombría, refuerza la atmósfera lúgubre que envuelve tanto el paisaje como a su habitante más célebre, y contribuye a que muy pocos navegantes se atrevan a acercarse a sus costas por voluntad propia.


